
Más que nada, Pompeyo Audivert. Aunque también ayudan la escenografía y que los actores estén en escena todo el tiempo, activándose cada vez que les toca una línea. Pero más que nada: Pompeyo, y el contrapunto con la actuación realista de los demás.
Bernhard tiene como médiums espléndidos a él (me acuerdo de su puesta del 2001 de La fuerza de la costumbre) y a Alejandro Urdapilleta (Almuerzo en casa de Ludwig W, en el '99), pero también a Rita Cortese y a Tina Serrano. Sin ese contraste Bernhard no podría existir en Buenos Aires.
Que sus obras funcionen tan bien en Buenos Aires no significa, por supuesto, que haya algún paralelismo oculto entre Austria y Argentina. Creo que su éxito milagroso se debe a que la melancolía y la perversidad de sus obras pueden ser actuadas en clave grotesca. Los argentinos ya estamos de vuelta de todo, incluso de esos lugares de los cuales no se vuelve. El grotesco sería entonces como pesimismo sublimado, la forma más benigna del cinismo. Schopennauer viene a Buenos Aires y le roban la billetera; viene Kafka y pone un Kiosko.